Llegué a la COP20 de la CITES en Uzbekistán como parte de la delegación PADI AWARE, pero también como algo mucho más sencillo: un buceador que ha visto lo que ocurre cuando nuestras reglas fallan al océano.
Curiosamente, esa mezcla—insignia oficial y cerebro de buceador— acabó siendo más útil de lo que esperaba.
Para los que no lo conozcan, CITES es el acuerdo internacional que decide cómo y si la fauna y flora silvestres pueden ser objeto de comercio transfronterizo. Tiburones, rayas, corales, madera… la lista es larga.
El Tratado existe desde hace décadas, pero sólo recientemente mucha gente ha empezado a darse cuenta de hasta qué punto sus decisiones repercuten en los ecosistemas reales.
Para alguien que no vive en el mundo de la política, entrar en este espacio fue como salir a la superficie en un universo paralelo dirigido por el procedimiento y, aparentemente, la puntuación. La puntuación. Ver cómo una sala se pasa media tarde debatiendo si una frase debe contener debiese o debería lo dice todo sobre lo que está en juego. Resulta que la conservación es a veces un ejercicio de gramática con consecuencias globales.
Cuando la gente me preguntaba de qué delegación formaba parte y yo respondía: «Estoy aquí por los buceadores», nadie parecía confundido. Se inclinaron hacia mí. Porque los buceadores ven los impactos mucho antes de que aparezcan en los documentos oficiales.

El acto de equilibrio
En las salas de reuniones, un tema volvió a surgir: cómo equilibrar la protección con el uso sostenible. La CITES ha contribuido a estabilizar algunas especies ya incluidas, lo que plantea una pregunta natural: ¿cómo debe ser un comercio responsable, justo y verdaderamente sostenible?
La respuesta no es sencilla. Implica a las comunidades que dependen de la fauna salvaje, a los científicos que siguen las tendencias de la población y a los reguladores que intentan colmar las lagunas sin cerrar los medios de subsistencia. Varias propuestas giran en torno a este delicado cabo: proteger las especies, apoyar a las personas y asegurarse de que nadie explote el sistema.

Dónde se aprende de verdad
Las sesiones formales eran importantes: estructuradas, lentas, procedimentales. Pero fue en los paneles paralelos donde todo cobró vida. Aquí es donde investigadores, ONG, gobiernos y gente como yo comparamos notas sin micrófonos ni límites de tiempo.
Un biólogo marino describió el colapso de una población regional. Un representante de la comunidad habló de lo que ese colapso significaba para la vida cotidiana. Un responsable político explicó lo que las normas actuales aún no podían resolver. De repente, el tratado no era abstracto; tenía caras, voces y consecuencias.
Para alguien acostumbrado a una visibilidad submarina clara, los paneles laterales ofrecían un tipo de claridad diferente.
Por qué es importante la voz del buceador
Mi función en la COP20 no era redactar textos ni presentar enmiendas. Era recordarle a la gente a qué afectan en última instancia esas comas, verbos y cláusulas: arrecifes reales, especies reales, lugares reales.
Los trabajadores de la política vigilan la estructura.
Aportamos la experiencia vivida.
Aportan ciencia y legalidad.
Llevamos la memoria de lo que desaparece y lo que vuelve cuando funcionan las protecciones.
Cuando compartí historias de sitios de buceo donde los tiburones habían desaparecido, u otros donde las poblaciones se habían recuperado gracias a una buena gestión, las conversaciones cambiaron. Los datos son esenciales. Pero la experiencia vivida convierte los datos en orientación.

Pensamientos a flor de piel
Al salir de Uzbekistán, me sentí igual que después de salir a la superficie tras un buceo profundo: ligeramente desorientado, más salado que antes, pero agradecido. Comprendí mejor la maquinaria: los comités, los procedimientos, la diplomacia que hay detrás de cada victoria en conservación.
Pero también me fui con una convicción: Necesitamos más personas en estos espacios que puedan traducir la política en experiencia vivida.
La COP20 me recordó que la narración de historias es una forma de promoción y que nuestra presencia puede cambiar el tono de una sala.
Porque cuando se negocia el futuro de la fauna salvaje, ayuda tener a alguien en la sala que realmente ha conocido a la fauna salvaje.

